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Puerto España, Las Naciones Unidas viene trabajando fuertemente por divulgar el concepto de desarrollo humano como una metodología que ponga por delante el valor de la persona, como algo en sí misma, entendiendo que el ser humano es el principal recurso para avanzar la construcción del desarrollo.
Desde esa perspectiva el propósito es "...crear un ambiente propicio para que las personas, tanto individual como colectivamente, puedan desarrollar todos sus potenciales y contar con una oportunidad razonable de llevar una vida productiva y creativa conforme a sus necesidades e intereses".
Este año hemos visto como algunos de los países que han logrado avanzar en el crecimiento económico, no han podido hacerlo en la misma medida con respecto al desarrollo humano.
Esos países han exhibido tasas de crecimiento económico que si bien engalanan los informes oficiales sobre el funcionamiento de sus respectivas economías, no son tan contundentes con respecto a haber dado respuestas a la superación de los niveles de pobreza.
Los resultados de este valioso programa, tras dieciséis años de aplicación, sin lugar a dudas que han logrado poner de relieve la importancia del ser humano como sujeto y objeto del desarrollo. Nos ha legado todo un aparato conceptual y una metodología que permite profundizar en el manejo de la realidad social y en su intento por cambiarla.
Si quisiéramos hacer una lista de los legados conceptuales, pudiéramos incluir temas que van desde la consolidación de las libertades y derechos individuales; la promoción de los derechos sociales y culturales; la institucionalidad de la democracia; ampliar la mirada hacia los grupos o sectores más vulnerables; visión crítica acerca de la exclusión y la falta de oportunidades para participar activamente en las decisiones sociales y políticas.
Pero, a pesar de todo ese gran avance que nos ha propiciado la apropiación de esa visión más humana de la realidad social, persiste la pobreza y la mayoría de nuestros ciudadanos aún no cuentan con una ciudadanía de calidad, que les permita ejercer la totalidad de sus derechos.
Los programas de desarrollo que hemos tenido en los últimos años, si bien han elevado los niveles de productividad y la capacidad de generar riqueza, no han sido efectivos para alcanzar la eficiencia en garantizar una mejor distribución de la riqueza.
En los hechos, las oportunidades de trabajo no han ido en consonancia con la demanda. Ha crecido más rápidamente la ocupación que el empleo, dejando a un nivel muy precario el ingreso promedio de los trabajadores.
Como la oferta laboral se ha globalizado, la emigración ha surgido como válvula de escape a la presión social por la demanda de empleos, pero si bien resuelve el tema de la ocupación, tampoco ha funcionado como un proceso que contribuya eficientemente a la superación de la pobreza.
Un efecto contraproducente de la emigración es que al profundizar la transnacionalidad de las sociedades, las expectativas de consumo se amplifican.
El gran dilema frente a la concentración del ingreso es que nunca como ahora, el consumo se ha convertido en una norma corriente, cuyo espectro crece por el efecto de la ampliación de las comunicaciones. El consumo se ha entronado como uno de los indicadores de estatus más preferidos y ansiados por la población en general.
Ese contexto de crecimiento económico sin desarrollo humano contribuye a acrecentar las desigualdades sociales y la exclusión, afectando seriamente la cohesión social. O sea, que muy a pesar del gran progreso material que vive la humanidad, la pobreza sigue siendo una asignatura pendiente.
Esto debe ser motivo de alarma para todos, pues como señala el nuevo Premio Nóbel Muhammad Yunus, la pobreza es una amenaza para la paz.
*El Dr. Rubén Silié Valdez es el Secretario General de la Asociación de Estados del Caribe. Las opiniones que aquí se expresan no son necesariamente los puntos de vista oficiales de la AEC.
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