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Bobby Fischer fue derrotado por una insuficiencia renal y falleció el viernes 18 de enero en Islandia, a los 64 años, misma cifra de casillas de un tablero de ajedrez, el juego ciencia que acaparó toda la atención de su vida.
Conociéndolo, se podía pensar que su retorno a Islandia era para intentar realizar una jugada magistral, o despedirse de la vida y viajar al reino de la Diosa Caissa.
Fue precisamente en Reykiavik donde alcanzó la cima de la gloria al conquistar la corona mundial de ajedrez en 1972 en el denominado “match del siglo” frente al soviético Boris Spasski.
Robert James Fischer nació en Chicago el 9 de marzo de 1943. Su padre, Gerard Rischer, era un médico natural de Berlín y su madre, Regina Wender, suiza y de estirpe judía.
El matrimonio emigró a Estados Unidos y se estableció en Illinois. Tras el divorcio, la señora Wender se trasladó con su hijo a Nueva York.
Fischer recibió las primeras lecciones de ajedrez de su hermana cuando apenas contaba seis años de edad.
A la edad de 14 años ganó el campeonato juvenil de Estados Unidos, el abierto de Cleveland y remató con el campeonato nacional, todo en el mismo año.
A partir de ese momento conquistó el título en todas las ediciones en que tomó parte, de 1957 a 1962 y de 1963 a 1968.
Desde niño mostraba un carácter raro y poco sociable, que lo acompañó toda la vida. Testarudo, pedante, suspicaz.
En las lides donde tomó parte se las arregló para crear dificultades cada vez que no accedían a sus exigencias. Un hombre temperamental que conocía bien los beneficios que una guerra de nervios le podía reportar.
Logró que los organizadores de torneos programaran descanso desde las 7pm del viernes hasta las 7pm del sábado, luego de afiliarse a la Iglesia Universal de Dios, una secta fundamentalista que impone a sus miembros el descanso sabático del Antiguo Testamento.
Su gran virtud fue siempre jugar a ganar, mostrando una rara habilidad en el tratamiento de las aperturas, con una memoria sencillamente fantástica para las partidas que había jugado.
Todo esto se combinó con una intuición innata que le llevaba a posiciones ventajosas, y a la hora de materializar la ventaja obtenida no tenía rival.
Fischer hizo historia dentro y fuera del tablero. En 1965 participó en un torneo Capablanca in Memoriam en el Hotel Habana Libre de la capital cubana jugando por teletipo desde el Marshall Chess Club de Nueva York, luego que el gobierno de Washington no autorizó su viaje a Cuba.
Los organizadores cubanos tuvieron que crear condiciones especiales en las partidas por la lógica demora en la comunicación, en tanto las piezas de Fischer eran movidas por el hijo de José Raúl Capablanca.
Pese a las dificultades, acumuló 15 puntos (12-6-3) y compartió el segundo puesto con el yugoslavo Borislav Ivkov y el soviético Efim Gueller, a media unidad del ganador Vasili Smislov (URSS).
Un año después estuvo en La Habana formando parte del equipo de Estados Unidos en la XVI Olimpiada Mundial, ganando medalla de plata. El oro lo obtuvo el conjunto de la Unión Soviética, integrado por una serie de estrellas encabezadas por el campeón del orbe Tigran Petrosian.
En esa cita el descanso sabático de Fischer creó problemas, pues se había acordado que cualquier cambio en el horario de juego dependería de un arreglo bilateral entre los equipos respectivos.
Dinamarca rechazó acceder a la modificación de horario y Fischer fue sustituido por Robert Byrne. En la ronda siguiente la URSS tampoco quiso cambiar la hora de comienzo de la partida del polémico jugador y Estados Unidos perdió por forfeit al no presentarse el equipo.
Tras negociaciones con el Comité Organizador, el conjunto soviético se mostró partidario de echar tierra al asunto, perdonar la majadería y celebrar el encuentro, que ganó 2,5 a 1,5.
Otra increíble anécdota ocurrió en el Interzonal de Sousse, en Túnez, cuando abandonó la competencia tras fuerte polémica con los organizadores.
Todo comenzó con una derrota por forfeit frente a Aivar Gipslis porque no quería jugar cuatro partidas sin día de descanso, considerando que todo se debía a una mala planificación del torneo.
Tampoco se presentó en el cotejo contra Vlastimil Hort y finalmente abandonó el país.
En reunión de los organizadores tunecinos con los jugadores, su compatriota Samuel Reshevsky demandó que nunca más se permitiera competir a Fischer porque todo lo complicaba y era una burla para el ajedrez.
Sin embargo, el polémico ajedrecista fue perdonado porque dominaba el juego como pocos.
Entre sus maravillas se cuentan los triunfos por 6-0 en los matches de candidatos de 1971 frente al soviético Mark Taimanov en Vancouver (Canadá) y al danés Bent Larsen en Denver (EE.UU.). Luego superó 6,5 a 2,5 a Petrosian en la serie final en Buenos Aires.
La discusión de la corona mundial en 1972 también estuvo plagada de enredos y problemas creados por el polémico norteamericano.
Había ofertas de 15 sedes (entre ellas Argentina, Brasil y Colombia), pero Fischer decía que era reducido el premio en metálico. Sólo se decidió cuando Jim Slater, un banquero de Londres, añadió más libras esterlinas a la bolsa.
El alemán Lothar Schmidt fue el árbitro del encuentro en Reykiavik y se encargó de limar las asperezas que pudieran surgir durante el match.
Tiempo después me confesó que había sido la tarea más dura que había enfrentado. Se jugaba en el Palacio de los Deportes (Laugardur Hall).
Fischer perdió la primera partida y no se presentó en la segunda, lo que llevó al New York Times a considerar que debido a sus temperamentales berrinches pusiera en peligro la continuidad del match.
Todo pendía de un hilo. El tercer encuentro se jugó fuera del escenario, en una habitación cerrada y sin cámaras de televisión.
Finalmente, el norteamericano conquistó el título por 12,5 a 8,5 puntos, tras ganar siete partidas, empatar 11 y sufrir 3 derrotas, una de ellas por incomparecencia. Nunca llegó a defender la corona, pues desistió de enfrentar al soviético Anatoli Karpov en 1975.
Estuvo 20 años ausente de las competencias, hasta que se le ocurrió volver a enfrentar a Spasski en una serie a ganar 10 partidas y escogió un par de ciudades en la antigua Yugoslavia, lo que le creó problemas con las autoridades norteamericanas debido a las restricciones que pesaban sobre el país balcánico.
En las 30 partidas jugadas en 65 días, ganó 10 y perdió cinco. A los especialistas desencantó el nivel de juego bastante bajo, y esporádicamente dejó entrever destellos de su creatividad, ya con 49 años de edad.
Así, fue multado en 250 mil dólares, condenado a 10 años de cárcel y la confiscación de los 3,5 millones de dólares en premio, y Fischer marchó hacia Hungría con pretensiones de instalarse, pues vivía un romance con una joven magyar.
Estuvo errando por Alemania, Hungría, Hong Kong y Filipinas hasta que fue arrestado en el aeropuerto de Narita, Japón, en julio de 2004, al ser detectado por las autoridades de usar un pasaporte estadounidense revocado.
Tras permanecer nueve meses en prisión, logró viajar a Reykiavik cuando Islandia le concedió la ciudadanía y fue liberado el 25 de marzo de 2005. Sus últimos años de vida fueron de un anonimato total.
Y no es de extrañar, porque su mundo se reducía a un cuadrado mágico, la gente a un equipo de símbolos tallados y la vida a un intrincado juego cuyo maestro supremo era él.
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