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El anunció de 50 partidos de sanción para el dominicano Juan Salas, uno de los relevistas de los Mantarrayas de Tampa Bay, devolvió el tema de los anabólicos a un torneo marcado desde hace cuatro años por escándalos de dopaje.
Hasta ahora sólo se sabe que el quisqueyano pagará medio centenar de juegos fuera del club, sin que la Oficina del Comisionado anunciara que sustancia consumió.
Mientras, miembros de una comisión investigadora sobre dopaje en el béisbol admitieron haber observado récord médicos en al menos dos de las grandes figuras de las Ligas Mayores: el cubano-americano Rafael Palmeiro y el dominicano Sammy Sosa.
Los nombres de Palmeiro y Sosa salieron a la palestra a finales de 2004, con la publicación de un libro autobiográfico de José Canseco, en el cual denunciaba el desmedido uso de esteroides en las Grandes Ligas estadounidenses.
Ambos negaron entonces cualquier vínculo con el uso de sustancias prohibidas, aunque se apartaron de la competición, en momentos en los cuales su popularidad cayó al mínimo.
Sosa, que intentaba salir de otro escándalo por el uso de bates rellenos con corcho, estuvo fuera toda la temporada anterior y recién regresó este año con la intención de alcanzar la cifra de 600 jonrones, de la cual sólo lo separan seis.
Palmeiro, también con números impresionantes, se apartó definitivamente, y guardó silencio absoluto desde entonces, pese a lo cual no consiguió limpiar su nombre ni lograr que la afición olvidara sus vínculos con los esteroides.
El escándalo de dopaje en las Grandes Ligas se destapó a finales de 2003, cuando el entrenador de atletismo Trevor Graham denunció el uso de la hasta entonces desconocida Tetrahidrogestrinona (THG) por atletas estadounidenses.
Las investigaciones sobre la THG, producida por los Laboratorios BALCO, de San Francisco, dejaron sobre el tapete los nombres de los beisbolistas Gary Sheffield, Jason Giambi y Barry Bonds, en momentos en los cuales este último llegaba al clímax de su carrera.
Bonds, que pujaba por varias de las principales marcas ofensivas de todos los tiempos en Grandes Ligas, se convirtió en el principal implicado al negar el uso de la THG, en tanto en la casa de su entrenador personal se encontraron muestras de la misma.
El jardinero de los Gigantes de San Francisco, a cual le faltan apenas 10 jonrones para alcanzar a Hank Aaron como máximo productor de cuadrangulares en la historia de las Grandes Ligas, no pudo evitar desde entonces los chiflidos y los reproches del público en los estadios donde se presentó.
Ante la avalancha de críticas de los aficionados y la investigación emprendida por una comisión del Senado estadounidense, la Oficina del Comisionado de las Grandes Ligas no tuvo otra opción que aplicar medidas con el objetivo de controlar el uso de anabólicos.
Las regulaciones, que en primera instancia parecían muy nobles, se endurecieron un poco antes del inicio de la temporada anterior, en la cual tres lanzadores fueron separados: Yusaku Iriki y Guillermo Mota (Mets de Nueva York) y Jason Grimsley (Diamondbacks de Arizona).
Sin embargo, las sanciones aún son inferiores a las aplicadas en otros deportes incluidos en el Programa Olímpico y en otras competiciones.
En estos casos, los positivos de dopaje pagan dos años de sanción en primera instancia y hasta cuatro en una segunda, que pudiera marcar también el fin de sus carreras deportivas.
A pesar de la sanción a Juan Salas y las investigaciones pendientes sobre Sosa, Palmeiro y Miguel Tejada, entre algunos otros, a las Grandes ligas le costará años y esfuerzo desprenderse del síndrome de las sustancias prohibidas.
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